¡Yo quisiera andar por el mundo probando pomelos, naranjas, limones, toronjas y porque no otras variedades frutales! ¿Por qué cerrarme a una naranja como si fuera la última opción? primeramente debo admitir que este artículo lo escribo como inspiración después de leer una revista sobre mujeres. Como rebeldía a lo establecido, a lo convencional que nos repiten la historia y las abuelas.

Esto lo garabateo pensando en mi vida y en la de mis amigas dentro de unos años, augurando un futuro en el pedestal de la gloria con o sin hijos, casadas o no, pero siguiendo lo que instintiva o intelectualmente se nos plazca tras la meta que es realizarse profesionalmente; y en este espacio no cabe un hombre para nuestra bendición, por más que nos encontremos con alguien sentimentalmente.

Y lo digo precisamente por el hecho que muchas pensamos que somos incompletas si no tenemos a una persona a nuestro lado. Y esto no significa que sea algo malo, sino todo lo contrario, lo equívoco es creer que si estamos solas a los treinta somos fracasadas, solteronas sin remedio y el tema de cuchicheo de nuestros allegados. 

Empecé a escribir nombrando a frutas, porque al amor lo compararon con una naranja. Según el mito, andamos por el mundo como errantes vagabundos sin sentido e incompletos hasta que encontramos la otra mitad; aquella parte que nos dará felicidad eterna.

He aquí un dilema, dependemos innecesariamente de alguien ante la presión de la sociedad en “sentar cabeza”. La independencia o la libertad de elegir queda lejos en estos tipos de casos, generalmente la locura del casamiento viene y nos deja con las ganas de querer haber elegido si nos subimos al tren o lo dejamos ir.

El adiós a la media naranja se torna simpático porque supone derribar preconceptos el cual dicta que sólo encontrando que dicha parte somos recién totales seres humanos.

 

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